¿El estrés es bueno o malo?
Actualizado: 8 sept 2025

¿El estrés es bueno o malo?
Seguramente en más de una ocasión te hayas preguntado esto. Y aunque quizá no te
lo hayas planteado de manera directa, lo que sí es seguro es que en algún momento de
tu vida has sentido estrés o ansiedad, en mayor o menor medida. Ambos son
fenómenos muy presentes en nuestro día a día, pero ¿qué papel cumplen realmente y
cómo podemos manejarlos mejor?
Diferencia entre estrés y ansiedad
Aunque a veces se utilizan como sinónimos, estrés y ansiedad no son lo mismo.
El estrés aparece como una reacción natural ante una situación que percibimos
como un reto o una amenaza. Puede ser positivo o negativo, según la
intensidad y cómo lo gestionemos.
La ansiedad, en cambio, va un paso más allá: es una reacción anticipatoria, es
decir, se activa incluso cuando no existe una amenaza real o inmediata. No
depende tanto de lo que está pasando ahora, sino de lo que creemos que
podría pasar en el futuro.
En otras palabras: el estrés está más ligado a lo que ocurre en el presente, mientras
que la ansiedad se engancha a lo que imaginamos que ocurrirá.
El estrés: ¿enemigo o aliado?
Cuando hablamos de estrés solemos asociarlo al trabajo, los estudios, el deporte de
alta competición o incluso a la convivencia en casa. El cuerpo y la mente lo manifiestan
de distintas formas: desde la percepción de que algo nos supera hasta reacciones
físicas como sudor en las manos, palpitaciones o tensión muscular.
El Dr. Hans Selye (1974), pionero en el estudio del estrés, explicó que este proceso
sigue tres fases y lo llamó “síndrome de adaptación general”:
1. Alarma: el cuerpo detecta una amenaza y se activa con cambios como aumento
de la frecuencia cardiaca, respiración más rápida o tensión muscular.
2. Resistencia: intentamos adaptarnos y mantenernos activos frente a la
situación.
3. Agotamiento: si la presión se mantiene demasiado tiempo, los recursos se
agotan y aparecen consecuencias negativas para la salud.
Eustrés y distrés
No todo el estrés es negativo.
El eustrés, o estrés “positivo”, nos mantiene despiertos, motivados y con
energía para alcanzar nuestros objetivos. Es lo que sentimos antes de un
examen, una entrevista o un partido: esa tensión justa que nos empuja a rendir
mejor.
El disestrés, o estrés “negativo”, aparece cuando la exigencia supera lo que
creemos poder manejar. Aquí es cuando surgen problemas como agotamiento,
insomnio, irritabilidad o bajada del rendimiento.
De hecho, sin un nivel mínimo de estrés, muchas actividades cotidianas se volverían
aburridas o poco estimulantes. La clave está en encontrar el equilibrio: demasiado
poco genera apatía, demasiado alto genera saturación.
¿Qué podemos hacer ante el disestrés?
Cuando el estrés se vuelve excesivo y empieza a pasarnos factura, podemos actuar de
distintas maneras. Aquí tienes algunas estrategias con ejemplos de la vida diaria:
1. Eliminar el estresor
A veces la solución más simple es cortar de raíz lo que nos genera tensión.
Ejemplo: si tienes notificaciones constantes en el móvil que no te dejan
concentrarte, puedes silenciarlas o desactivar las que no sean necesarias.
2. Alejarse del estresor
No siempre podemos eliminarlo, pero sí tomar distancia.
Ejemplo: si en casa se genera una discusión acalorada, salir a dar un paseo o
cambiar de espacio unos minutos puede evitar que la tensión vaya a más.
3. Alterar la percepción del estrés
El modo en que interpretamos lo que nos pasa influye mucho en cómo lo
vivimos.
Ejemplo: en lugar de pensar “este examen es imposible”, reformularlo como “es
un reto que me ayudará a crecer y aprender”.
4. Control de las consecuencias del estrés
Aunque no siempre podamos controlar lo que ocurre fuera, sí podemos cuidar
cómo reacciona nuestro cuerpo y mente. Algunas herramientas útiles son:
o Relajación y meditación: practicar respiración profunda al acabar el día
o usar una app de meditación antes de dormir.
o Ejercicio físico y estilo de vida: hacer deporte tres veces por semana,
mantener horarios regulares de sueño o reducir la cafeína para
favorecer el descanso.
5. Apoyo social
Compartir lo que sentimos con personas de confianza puede aliviar mucho la
carga emocional.
Ejemplo: quedar con un amigo para hablar de lo que te preocupa, pedir consejo
a un familiar o incluso recurrir a un grupo de apoyo.
El estrés es parte de la vida y no siempre es un enemigo: puede ayudarnos a
activarnos, a rendir mejor y a alcanzar metas importantes. Sin embargo, cuando la
presión se mantiene demasiado tiempo o supera lo que podemos manejar, se
convierte en distrés y empieza a desgastar nuestra salud física y emocional.
Por eso, cuidarse a uno mismo es clave. Escuchar las señales del cuerpo, respetar los
tiempos de descanso y aprender a gestionar las exigencias del día a día son pasos
fundamentales para mantener el equilibrio.
Y recuerda: si notas que el estrés te desborda y no logras controlarlo por ti mismo,
pedir ayuda no es una señal de debilidad, sino de responsabilidad contigo mismo. Un
psicólogo puede acompañarte a entender qué hay detrás de ese malestar y a
desarrollar estrategias para recuperar el control y sentirte mejor.
Cuidarte es la mejor inversión que puedes hacer en tu bienestar

